Sunday, July 14, 2013

Juárez Whiskey. Reseña VI

En la revista Performance, que edita el Mtro. José Homero, en Xalapa, Ver., aparece una reseña de Juárez Whiske, para leer en la liga original dar click aquí


Una novela de tráfico
por Josué Sánchez

Juárez y es, de acuerdo a Josué Sánchez, “la suave parálisis de una narrativa para los que se complacen en la contemplación del mundo a distancia”
Juárez Whiskey (Almadía, 2013), tercera novela de César Silva Márquez (Ciudad Juárez, Chih., 1974) es un paseo por los corredores de la memoria de un bebedor de escocés. Un dolor de muela es la piedra de toque para la construcción de la arquitectura del sopor, el monólogo del huraño y la postal melancólica de la ciudad. Su apuesta es el ejercicio de la abulia instalada en Carlos, su protagonista, y el resultado es la suave parálisis de una narrativa para los que se complacen en la contemplación del mundo a distancia 
Aquí, los personajes, entre matrimonios que no se consuman, hijos que no nacen y conversaciones que no terminan, se instalan en el discurso de Carlos a manera de piezas de algo más grande. Por eso los capítulos aparecen diseñados como prótesis de la memoria cuyo material, un lenguaje sobrio caro a una apuesta minimalista, rehabilita la exploración de la desidia. Así, un par de pantuflas que descansan bajo un sofá y que son propiedad de una exprometida, una sesión de fisting malograda, la imposibilidad y pereza para detener las amenazas de una mujer histérica y un dolor de muelas que se apaga y enciende de la misma dolorosa manera en que la memoria del narrador divaga hacen de Juárez Whiskey un relato elegíaco de lo cotidiano, un inventario de lo marchito. 
César Silva vuelve la mirada sobre lo que en Los cuervos (Tierra Adentro, 2006) y Una isla sin mar (Mondadori, 2009) ha tratado como su música de fondo: Ciudad Juárez. A diferencia de las dos novelas anteriores, esta vez el análisis del espacio y su transformación devienen en una retórica de la nostalgia. Su recurso es la enunciación de los nombres que cambian, el signo fantasma que gravita sobre letreros de establecimientos y calles. A partir de aquí, el símil de la ciudad, en vez de fundarse sobre la metáfora del Paraíso Perdido, nace de la muela cariada del narrador: “Yo y mi ciudad y mis edificios derrumbados en forma de muela dolida. Mi propia zona cero. (…) Nos han sitiado. Mis dientes dolidos significan humo, balazos y derrumbes; cuadros surrealistas, leones rugiendo, langostas enormes comiéndose el horizonte y mujeres transformándose en piedra; todas mis rocas en medio del desierto como un juego de canicas inalcanzable, pintado por Salvador Dalí.”
En esta novela la rúbrica estilística sigue la línea de un lirismo en deuda con John Fante y Charles Bukowski; el primero, celebraba la nostalgia de la muerte del padre con garrafas de vino, el segundo, concilió euforia y depresión con innumerables boilermakers. De esa mezcla de Eros y Tanatos, César Silva reinterpreta un lirismo amartillado de actitud estoica con un temperamento que recuerda a aquellos narradores norteamericanos: “Uno planea y escribe sus propósitos y en el mismo incendio del tiempo se achicharran y se vuelven cenizas, mosquitos de ceniza subiendo en un remolino hasta perderse. Algunos tienen la mejor suerte del mundo. Otros nos conformamos con un vaso de whisky. Un puñetazo de alcohol en la sangre.” Además, que no se extrañe el lector que encuentre la libertad de una prosa que en algún momento tiende a la analogía entre los pollos rostizados y la mecánica automovilística, que narra la influencia de Javier Solís en la música de Janis Joplin, que recupera un capítulo de la vida de Mickey Rourke y que aún tiene energía para digerir más y más de la cultura pop.
Imposible no identificar a Juárez Whiskey como una muestra de la narrativa de frontera: tanto la cultura de México como la de Estados Unidos aparecen en esta novela a modo de escenario liminal. Por aquí está La Panamericana y el español y, al mismo tiempo, la organización de El Paso y las trabas para cruzar el Puente Internacional a raíz del 9/11. En consecuencia, los personajes viven arraigados en una ciudad fronteriza que comprende cantinas, comida, música y el umbral de dos lenguas que les da su identidad.
Hay una parte de la novela donde Carlos narra cómo su amigo José Juan Aboytia lo trata de iniciar en el bourbon y le ofrece un trago del mítico Juárez Whiskey. Después de dar un sorbo, Carlos dice, simplemente, que prefiere el escocés. Es difícil, pienso, no degustar ese bourbon que no producen desde que terminó la prohibición en Estados Unidos, un auténtico producto de culto; lo mismo para Juárez Whiskey, una novela que, por su singularidad, por los grados de alcohol que destila cada página y por el agradable mareo que produce su lectura, parece objeto de tráfico en el panorama de la literatura mexicana contemporánea.

Thursday, July 11, 2013

Juárez Whiskey. Reseña V


Librería Gandhi reseña Juárez Whiskey. Para leer desde el origen, dar click aquí

También sobre la estabilidad cotidiana se puede escribir: JUÁREZ WHISKEY


Por: Lobsang Castañeda
 
Dice Elias Canetti que cuando un escritor está verdaderamente comprometido con su vocación termina rechazando la mansedumbre y entregándose sin reparos a la exageración, al paroxismo. Ello, por supuesto, le obliga a conducir sus historias por terrenos pantanosos, intrincados, muchas veces alejados de lo verosímil, y estirar los rasgos de sus personajes al máximo hasta conseguir que hagan o digan lo que nadie más es capaz de hacer o decir. Esa fue la pauta, por ejemplo, que siguió en su novela “Auto de fe”, una de las cumbres de la narrativa europea del siglo XX y, más aún, en “El testigo oidor”, un auténtico laboratorio de caracteres llevados al extremo. No obstante, en el ancho mar de las letras hay de todo, como en la viña del Señor. La desmesura de un escritor como Canetti sólo puede ser juzgada a partir de la sobriedad de una novela como “Los Buddenbrook” de Thomas Mann o la dulzura hipnótica de casi todos los cuentos y relatos de Robert Walser, príncipe del “no pasa nada”. En efecto, también de la realidad más inmediata y en apariencia anodina se puede extraer literatura; también sobre la estabilidad cotidiana —aquella en donde los acontecimientos se van acumulando de manera casi imperceptible— se puede escribir.

En “Juárez Whisky”, de César Silva Márquez, esa “discreción de lo cotidiano” ocupa un lugar preponderante. Se trata de una novela sin grandilocuencias, sin exabruptos, en la que un ingeniero de 30 años, Carlos, rememora algunos pasajes de su vida amorosa y describe, a veces de forma incidental, a veces con minuciosidad de cronista urbano, el espacio melancólico en donde le ha tocado vivir, sentir y pensar: Ciudad Juárez, Chihuahua. Sabedor de que el mundo circundante es tan sólo una proyección de la interioridad de quien lo habita —“Yo y mi ciudad nos dolemos de nuestras bocas. Nos han sitiado. Mis dientes dolidos significan humo, balazos y derrumbes; cuadros surrealistas, leones rugiendo, langostas enormes comiéndose el horizonte y mujeres transformándose en piedra; todas mis rocas en medio del desierto como un juego de canicas inalcanzable, pintado por Salvador Dalí”—, Carlos va ordenando una serie de sucesos relacionados con las mujeres que han ido delineando una pequeña parte de su existencia sin llegar realmente a modificarla. Ni el rompimiento con Angélica tras confesarle su amor por otro hombre, ni el desconcierto provocado por la bipolar Blanca, ni la amistad con Belinda, ni los escarceos con Gabriela Torres, su dentista, ni el temor a ser despedido del trabajo, ni los acribillados en las calles o los robos y secuestros cada vez más frecuentes, logran alterar esa familiaridad no siempre confortable que nos permite vivir cada día no como si fuera el último sino como uno más. Familiaridad, por cierto, que Carlos reafirma con cada trago de whisky, símbolo mismo del gusto que se convierte en costumbre, en una forma de ser ya perfectamente asimilada.

Armada a la manera de un mosaico de recuerdos, “Juárez Whiskey” nos muestra, pues, el lado menos emocionante de la realidad, aquel que no está lleno ni de grandes triunfos ni de grandes derrotas, que ya se encuentra a un paso del aburrimiento y el hastío y que sólo puede hacerse presente por medio del alcohol, sustancia evocadora por antonomasia. “Beber —dice Carlos— es desfilar por los nombres de quien uno conoce” y, más aún, la herramienta más eficaz para darse cuenta de que “uno planea y escribe sus propósitos y en el mismo incendio del tiempo se achicharran y se vuelven cenizas, mosquitos de ceniza subiendo en un remolino hasta perderse.”

Tuesday, June 25, 2013

Juárez Whiskey. Reseña IV

En el blog Difamación y conspiaración (ver aquí) Iván Farías incluye una reseña sobre Juárez Whiskey. Para leer en dar click aquí.

La soledad de la frontera
Por Iván Farías.

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A veces leer a un autor al que todos elogian suele ser decepcionante. Las grandes expectativas que se van creando alrededor suyo pueden no ser superadas por la prosa más prístina. Daniel Espartaco, Valeria Luiselli, Yuri Herrera y César Silva Márquez son los nombres que más sobresalen entre la hornada de nuevos escritores que la prensa menciona.

César Silva, narrador nacido en Ciudad Juárez pero avecindado en Xalapa, Veracruz, vio primero el reconocimiento en España, lugar donde publicó su primer libro de narrativa. Luego de algunos coqueteos con la poesía y de ganar el premio Binacional Frontera de palabras con Cuervos, regresa con Juárez Whiskey editado por Almadía.

Ahí, en el escenario de una de las ciudades más violentas del planeta, Silva Márquez nos cuenta el relato cotidiano de un hombre que tiene problemas con distintas mujeres. El autor no se solaza en denunciar nada, no aparecen soldados ni narcos botudos y mal hablados, al contrario, su prosa se centra en las desventuras de un ingeniero que vive su vida en el internet y en pensar que algún día se podrá acostar con su vecina.

Lo interesante de la novela es como lo menciona Eduardo Antonio Parra: “la elaboración de un personaje con un mundo interior tan rico que al final los lectores terminan conociéndolo como a un amigo de toda la vida.” Márquez comienza con una historia que podría ser anodina y poco a poco nos va adentrando hasta que los mínimos problemas del ingeniero nos preocupan.

Tal vez se deba a que el novelista sabe entremezclar con bisturí historias que rayan en la locura y que se esconden tras las cortinas polvorientas de los vecinos o en las visitas a los hospitales de los familiares. El sadomasoquismo de una vecina que desea sexualmente, la obsesión criminal de una amante ocasional, el dolor de muelas que lleva al encierro en un psiquiátrico de un familiar cercano. En la narración siempre hay espacio para la voz, para lo escuchado, para el rumor. El protagonista es como una especie de confesor al que el resto de los personajes le cuentan sus desventuras. César Silva nos cuenta, con apenas unos pincelazos, todo un mundo listo para devorarlo. Y no, no decepciona.



Como siempre gracias por el tiempo y el espacio, i ñor.

Monday, June 17, 2013

Juárez Whiskey en la revista VICE México

Así es como Vice describe Juárez Whiskey. jeje. está divertido.

Juárez Whiskey

La pura puntita


Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar en las mesas de novedades.
 

Y ya después viene el principio, o sea, la pura puntita.

El auto bajó por la interestatal 10, hasta el puente internacional Córdoba cuando el reloj marcaba las cinco de la mañana. Ciudad Juárez era una mancha de luz amarilla y triste que parecía anclarse a las faldas del cerro Bola. Una mancha amarilla sobre un lienzo negro, construido de arena y humo y ladridos distantes. Más allá la Panamericana unía a la ciudad con todo un territorio de espinas y piedras, unas rotas, otras por romperse. El auto atravesó el puente y, sin reducir la velocidad, pasó la garita mexicana. Los arbotantes comenzaban a apagarse; apenas si se apreciaban los charcos de agua sucia como hoyos que daban al otro lado del mundo; la noche anterior había llovido y el aire estaba fresco. El conductor del auto de vidrios polarizados vio un perro viejo olisqueando las apiladas bolsas de basura en el parque Chamizal: restos de pastel y carne asada, huesos cocidos a fuego directo, botellas de jugo, refresco y cerveza y restos de piñatas rotas como cadáveres cercenados, cabezas, brazos y piernas hechas de periódico siendo encontrados por el hambre del animal vagabundo y los pájaros...





Juárez Whiskey. reseña III

La crítica: Libro. Ciudad fantasma

La liga está para leer la nota en Milenio es esta. La reseña fue escrita por la escritora Mary Carmen Sánchez Ambriz. Como siempre, agradezco el espacio y el tiempo.

'Juárez Whiskey' habla de lo que queda, en medio de la inseguridad, en un espacio con un rostro confuso y que al parecer ya no tiene futuro

Juárez vuelve a ser el centro de la ficción de César Silva Márquez (Ciudad Juárez, 1974), mar de historias que se entretejen en el lamento, la desolación, los amoríos y el desencanto. El hilo conductor es la crónica de los días inesperados, de la incertidumbre y el abandono que trae consigo la violencia.
Carlos es un ingeniero que vive en Juárez. Le tocó presenciar el temor que se propagó en la frontera norte del país, tras el atentado a las Torres Gemelas. El protagonista de esta historia exhibe sus lazos amistosos y relaciones sentimentales con varias amigas, y las salpica de recuerdos familiares; como cuando describe a su tía Berta que tenía fuertes dolores de muelas, se decía enferma de cáncer y terminó internada en un hospital psiquiátrico.

Los vecinos, compañeros de oficina, amigos, varias caras conocidas ven en la diáspora la esperanza de hallar paz y una vida más tranquila. Se trata de la segunda novela en donde el autor evoca con nostalgia el pasado de Juárez y mira con desconcierto una metrópoli que poco a poco ha ido adquiriendo rasgos fantasmales. Habla de lo que queda, en medio de la inseguridad, en un espacio con un rostro confuso y que al parecer ya no tiene futuro.

Si bien en Una isla sin mar podía palparse algunas coordenadas geográficas que iban desde Cortázar hasta Borges, pasando por Auster y Kerouac (éstos últimos por su ácida manera de mirar la cotidianeidad), en Juárez Whiskey no ocurre lo mismo. Se tiene la impresión que es una coda de la anterior historia o, en su defecto, un ejercicio preliminar a la escritura de Una isla sin mar. Lo que más corre en estas páginas es cerveza Tecate y “un bourbon fuerte, rasposo y dulce: Juárez Whiskey”, bebida que se sirve en la antigua cantina El Recreo y que Juan José Aboytia, amigo de Carlos, le da a probar en uno de sus encuentros.

Hay varias cosas que trastocan la vida del ingeniero juarense: la atracción que siente por la dentista después de que acabó con su persistente dolor de muela, la añoranza por Angélica que lo dejó por un joven de veinte años, el deseo por complacer los caprichos de Belinda, la atracción que siente por Blanca y el efecto de abandono que cubre como un frío manto nevado a la ciudad.

Lejos quedaron los juegos de espejos, la minucia por detallar el mundo de los pequeños seres como los insectos, las historias engarzadas, los momentos oníricos y la realidad entrecruzada con el éxodo. Los instantes más logrados del libro son cuando se refiere a Juárez, con o sin whiskey en la mano.

Así las cosas.

Monday, June 10, 2013

Juárez Whiskey. Reseña II

Los muchachos de Letroactivos.com, gastaron uno de sus espacios para hablar de Juárez Whiskey. Aquí la dirección web

Juárez Whiskey, de César Silva Márquez
por Juan Carlos Serio

«Pienso en Gabriela Torres, mi dentista, y en lo que está haciendo por mi muela. Pienso en Juárez Whiskey, lo rasposo del trago, en cómo sobrevive en una pequeña reserva en una cantina de Ciudad Juárez» dice Carlos, protagonista de la nueva novela de César Silva Márquez, mientras despedaza con los dedos el pollo rostizado que se está comiendo.

A Carlos, un ingeniero juarense de 30 años, le duele una muela: pero esto no es más que el reflejo de la molesta realidad en la que vive. Una realidad que lo deja insatisfecho e indiferente: envuelto en una gran melancolía. Recuerda todos aquellos momentos que le dieron una especie felicidad, como si esperara detener el tiempo en esas hebras de memoria sólo para no lidiar con el presente.

Para evitar pensar en Belinda, su mejor amiga y objeto de deseo; en Angélica, su exnovia que lo dejó por otro; en Blanca, su celosa amante; en Gabriela Torres, su dentista y pequeño destello de luz con novio, pero, sobre todo, en ese dolor de muelas, aquella dolencia que le recuerda que su vida es rasposa y difícil de pasar, como un trago de Juárez Whiskey.

Ciudad Juárez es sólo un testigo de los eventos; ahí, arrumbada a orillas del cerro Bola, observa pasar la vida de Carlos: imparcial, pero interesada, como cualquiera otra ciudad en la que sus habitantes sufren, se emborrachan, aman y hacen el amor… porque la violencia emocional es igual de dolorosa que la política: en este texto no hay cabida para clichés postcalderonistas.

Juárez Whiskey es un ejemplo de la larga experiencia de César Silva en las letras, es una poderosa narración enmarcada con una tenue voz poética, que va de lo simple a lo más complejo del universo emocional. No debe pasar desapercibida.

Así la vida. Ah qué muchacho este. Gracias por el espacio, of course.

Saturday, June 8, 2013

Juárez Whiskey. Reseña I


Alejandro Badillo se chutó Juárez Whiskey y esto es lo que dice (para la reseña original ir aquí):

Juárez Whiskey de César Silva Márquez
Por Alejandro Badillo
 
En los últimos años Ciudad Juárez ha sido protagonista de las noticias por el narcotráfico y la estela de violencia que ha sembrado de cadáveres sus calles. Crónicas y notas han captado, desde diferentes ángulos, este fenómeno. La narrativa no ha desaprovechado la oportunidad y, desde hace tiempo, se ha configurado un boom de novelas y cuentos cuyos protagonistas son narcotraficantes, “polleros”, inmigrantes que buscan cruzar la frontera con el sueño de conseguir un trabajo o reunirse con sus familiares.

Juárez Whiskey, novela de César Silva Márquez, al tener como escenario la frontera, parece sumarse a este pelotón de obras que explotan la violencia. Sin embargo, basta pasar las primeras páginas para saber que la aproximación a este territorio es distinta. La novela se centra en Carlos, un ingeniero que pasa sus días entre el trabajo y sus relaciones amorosas. En dos voces narrativas, primera y tercera persona, asistimos a una serie de desencuentros, pasajes breves y escenas en las que fluyen el alcohol y la derrota. Además de la debacle personal de Carlos en Juárez Whiskey hay un retrato distinto de Ciudad Juárez y de la frontera: la violencia deja paso a una urbe en tonos ocres, con una vida lenta que se desarrolla en bares y restaurantes. También, otro elemento importante, es el ámbito laboral: una ciudad sin asideros, trabajos que pueden evaporarse de la noche a la mañana gracias a la movilidad del capital y de la frontera.

La vida del protagonista transcurre sin muchas esperanzas, asume sus derrotas buscando dignidad en noches solitarias, imaginando el día después, mientras contempla las luces de la ciudad. Su visión se concentra en los pequeños detalles, en sueños que están diseñados para no cumplirse. Una de las relaciones más importantes que describen muy bien su pasividad es la que tiene con Belinda, una chica más joven que él. Carlos se limita a ser su confidente y a fantasear con ella.

En algunos momentos del libro los encuentros de Carlos con las mujeres tienden a volverse monótonos y esto genera que la tensión se desdibuje ante una previsible negativa: no hay un centro, una línea que prometa nuevos descubrimientos para el lector. El personaje respira, camina, bebe e imagina sostenido sólo por sus pensamientos pero evita cualquier decisión que lo lleve a otro territorio. Incluso, cuando acepta espiar a una mujer para ayudar a una de sus amigas, la aventura no da para mucho.

Por esta razón los mejores momentos de Juárez Whiskey ocurren cuando la exploración amorosa de Carlos lo lleva, sutilmente, a describir la perspectiva general de Ciudad Juárez: una población que espera tiempos mejores y que permanece estancada. Las preguntas del protagonista casi siempre quedan sin responder, como el futuro de grandes zonas de México asoladas por la pobreza y el narcotráfico. Esta alegoría, cuando uno llega al final del libro, es la más valiosa y la que persiste en la mente del lector para dar forma a una nueva mirada a la frontera.

Así las cosas. i ñor (esto no lo dijo Alejandro, lo digo yo, jeje)
 

Monday, May 27, 2013

Juárez Whiskey en El portal de Cartagena

Juárez Whiskey en el DF.
En el bar El portal de Cartagena, este viernes 31 de mayo, a las 7:30 de la noche.
Dirección: Chiapas 174.
Con la participación de Mónica Maristain y Eduardo Antonio Parra. AJUA
Como siempre: Almadía sí que sabe diseñar, of course.


Gracias a Guillermo Quijas, Jorge Luis Boone y todo el equipo involucrado.

Así las cosas.