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Thursday, April 23, 2020

La vida en sí. Episodio 13. Discada y Paul Auster

Ya es martes y con un Whiskey sour en mano, hablemos del famoso platillo norteño la discada, El bar El Recreo en Cd. Juárez y la novela El Palacio en la Luna de Paul Auster, entre otras bagatelas. Contáctame a través de Facebook (César Silva Márquez), Instagram (cesarsm1974) y Twitter (@Cesar_Silva_M) La música en el Podcast está a cargo de Silent Partner y Audionautix. César Silva Márquez es poeta y narrador mexicano, nacido en Ciudad Juárez en 1974.

Puedes escuchar AQUI

o ver en Youtube.


Wednesday, September 8, 2010

Sunset Park, Paul Auster

Esperando el nuevo de Paul Auster


Aquí, una reseña en inglés del libro, en el Librery Jurnal.com, donde su título es

Book Cheer: Paul Auster's Sunset Park

Thursday, February 18, 2010

El cuaderno rojo


Paul Auster, 1993

Para que la historia sea aún más perfecta, resultó que E. tenía bienes. Sus tías habían sido ricas, y a su muerte ella había heredado todo su dinero, lo que significaba que B. no sólo había hallado el verdadero amor, sino que los incesantes problemas de dinero que lo habían agobiado dirante años habían desaparecido de repente. Todo de golpe.

Nota: Un libro para aquellos que leen o han leído, si no es que todo, sí la mayor parte del trabajo de Paul Auster. Un pequeño libro, con pequeñas hitorias, sobre, obvio, la casualidad.

Thursday, December 3, 2009

Invisible


Paul Auster, 2009

Sabiendo lo que sabía, tenía claramente la obligación de llamar a la comisaría del barrio e informarles sobre Born y la navaja y el atraco frustrado de Williams. Leí el artículo por casualidad mientras tomaba una taza de café en el Lions Den, el bar de la planta baja del centro estudiantil, y en vez de utilizar un teléfono público decidí ir andando a mi apartamento, que estaba en la calle Ciento siete, y llamar desde allí. Aún no había contado a nadie lo que había pasado. Había intentado localizar a mi hermana en Poughkeepsie –la única persona con quien podía desahogarme–, pero no estaba en casa. Cuando llegué al edificio de mi apartamento, recogí el correo en el vestíbulo antes de dirigirme al ascensor. Sólo había una carta para mí: un sobre sin sello, depositado a mano, con mi nombre escrito en letras de imprenta, doblada en tres pliegues y remetida a la fuerza por la estrecha rendija del buzón. La abrí en el ascensor camino del noveno piso. Ni una palabra, Walker. Recuerde: todavía tengo la navaja, y no me da miedo utilizarla.

Nota: Invisible es una novela vertiginosa, donde Paul Auster despliega sus mejores armas. Nada es lo que parece. La contraportada dice, en algún momento «novela policíaca erótica», difiero en lo policíaco, aunque, bueno, se pudiera discutir tal posición. Con respecto a lo erótico, está exactamente al borde de lo que puede ser erótico y lo que no. Por dios, Adam Walker, el personaje principal, coge con... Después de Un hombre en la oscuridad, mero descanso, con partes excelentes, llega Invisible.

Tuesday, February 17, 2009

La trilogía de Nueva York


Paul Auster, 1986

Fantasmas
En primer lugar está Azul. Más tarde viene Blanco, y luego Negro, y antes del principio está Castaño. Castaño le inició, Castaño le enseñó el oficio, y cuando Castaño envejeció, Azul le sustituyó. Así es como empieza. El escenario es Nueva York, la época es el presente, y ninguno de los dos cambiará nunca. Azul va a su oficina todos los días y se sienta detrás de su mesa, esperando que ocurra algo. Durante mucho tiempo no ocurre nada, y luego un hombre que se llama Blanco entra por la puerta, y así es como empieza.
El caso parece bastante sencillo. Blanco quiere que Azul siga a un hombre que se llama Negro y que le vigile todo el tiempo que haga falta. Cuando trabajaba para Castaño, Azul hacia muchos trabajos de seguimiento, y éste no parece diferente, quizá incluso más fácil que la mayoría.
Azul necesita el trabajo, así que escucha a Blanco y no le hace muchas preguntas. Supone que se trata de un caso matrimonial y que Blanco es un marido celoso. Blanco no da muchas explicaciones. Quiere que le mande un informe a la semana, dice, a tal apartado de correos, mecanografiado por duplicado en hojas de tal largura y tal anchura. Azul recibirá un cheque por correo todas las semanas. Blanco le dice luego a Azul dónde vive Negro, qué aspecto tiene, etcétera. Cuando Azul le pregunta a Blanco cuánto tiempo cree que durará el caso, Blanco le contesta que no lo sabe. Que siga mandando los informes hasta nuevo aviso, le dice.
Para ser justos con Azul hay que decir que lo encuentra todo un poco raro. Pero afirmar que tiene recelos en ese momento sería ir demasiado lejos. Sin embargo, le es imposible no advertir ciertas cosas de Blanco. La barba negra, por ejemplo, y las cejas excesivamente pobladas. Y luego está la piel, que parece exageradamente blanca, como si estuviera cubierta de polvos. Azul no es ningún aficionado en el arte del disfraz y no le resulta difícil notar ése. Después de todo, Castaño fue su maestro y en sus tiempos Castaño era el mejor del gremio. Así que Azul empieza a pensar que se ha equivocado, que el caso no tiene nada que ver con el matrimonio. Pero no va más allá, porque Blanco sigue hablándole y Azul necesita concentrarse en seguir sus palabras.

Monday, December 15, 2008

Un hombre en la oscuridad

Paul Auster, 2008
Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también solas: mi hija única, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado.
Luz radiante, y luego oscuridad. El sol fulgurando por todos los rincones del cielo, seguido de la negrura de la noche, el silencio de las estrellas, el viento que agita las ramas. Ésa es la monotonía diaria. Llevo viviendo más de un año en esta casa, desde que me dieron de alta en el hospital. Miriam insistió en que viniera, y al principio estábamos los dos solos, junto con la enfermera que me cuidaba durante el día cuando mi hija se iba a trabajar. Luego, tres meses después, a Katya se le cayó el mundo encima, y entonces dejó la escuela de cine en Nueva York y se vino a Vermont a vivir con su madre.

Wednesday, November 5, 2008

La trilogía de Nueva York



Paul Auster, 1985

Ciudad de Cristal
Todo comenzó por un número equivocado [...] Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar. Y eso, más que nada, le daba cierta paz, un saludable vacío interior. El mundo estaba fuera de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna cosa por mucho tiempo. El movimiento era lo escencial, el acto de poner un pie delante del otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo. Mientras vagaba sin propósito, todos los lugares se volvían iguales y daba igual dónde estuviese. En sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio. Y esto, en última instancia, era lo único que había construido a su alrededor y se daba cuenta de que no tenía la menor intención de dejarlo nunca más [...] Hubo una larga pausa al otro extremo de la línea y por un momento Quinn pensó que la persona que llamaba había colgado. Luego, como si viniera de muy lejos, le llegó el sonido de una voz distinta de todas las que había oído. Era a la vez mecánica y llena de sentimiento, apenas más alta que un murmullo y sin embargo perfectamente audible, y tan uniforme en el tono que no pudo saber si pertenecía a un hombre o a una mujer.
—¿Oiga? —dijo la voz.
—¿Quién es? —preguntó Quinn.
—¿Oiga? —repitió la voz.
—Le estoy escuchando —dijo Quinn—. ¿Quién es?
—¿Es usted Paul Auster? —preguntó la voz—. Quisiera hablar con Paul Auster.
—Aquí no hay nadie que se llame así.
—Paul Auster. De la agencia de Detectives Auster.
—Lo siento —dijo Quinn. Debe haberse equivocado de número.
—Es un asunto de la máxima urgencia —dijo la voz.
—Yo no puedo hacer nada por usted —contestó Quinn—. Aquí no hay ningún Paul Auster.
—Usted no lo entiende —dijo la voz—. El tiempo se acaba.
—Entonces le sugiero que marque de nuevo. Esto no es una agencia de detectives.